lunes, 25 de mayo de 2026

 Mujeres creadoras del 27 
Federica Montseny 
La victoria.
El año que viene es el centenario de la generación del 27 se cumplen cien años de esa generación de plata, así la denominó sabiamente el extraordinario profesor José Carlos Mainer, a comenzado una campaña para revindicar esa generación de creadores y creadoras de esa fantástica generación, seguro estoy que el 27 será un año para volver a revindicar a los creadores de esa generación Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Salinas, Aleixandre, Cernida etc.
 Ahora me gustaría revindicar las creadoras de esa generación María Teresa León, Rosa Chacel, Maruja Mallo, María Zambrano, Carmen Conde, etc, en esa generación yo incluyo como creadoras, a  las mujeres libertarias que siempre estuvieron marginadas, mujeres de una valía extraordinaria no solo por su compromiso social y político, sino por su obra creadora, en Valencia tuvimos a la poeta Lucia Sánchez Saornil, entre otras hoy os quiero recomendar la obra de Federica Montseny en especial su novela la Victoria escrita cuando ella apenas tenía veinte años, una novela publicada en 1925, que ahora se a vuelto a editar, de una manera magnífica, releyendo la novela me encuentro con una escritora de gran altura con Montseny con apenas veinte años maneja los tiempos de la novela de una manera extraordinaria los diálogos de los personajes, con una carga teatral extraordinaria la Victoria es una novela que cien años después de su edición sigue plenamente viva, Federica Montseny siempre reivindicó sus lecturas como la gran escuela para para su vocación de escritora, autores como Blasco Ibáñez Víctor Hugo, entre otros muchos fueron una gran herramienta para la formación de esta magnífica creadora del 27 que hoy reivindicamos, os dejó una  extensa crónica, de la novela merece la pena volver a leer a Federica Montseny.
La victoria es, en realidad, la primera de las tres novelas que salieron de su pluma, escrita en un periodo de su vida en el que aún no es la líder social y política, cuya imagen y gesto todos guardamos en nuestra memoria. Obra “de juventud”, afirma la propia autora: novela de tesis decididamente confrontativa y dialogal (como señala Cruz-Cámara), resulta esencial para el conocimiento de la visión que Federica Montseny poseía sobre el tema central que trata esta novela: la construcción y la naturaleza de la ‘nueva mujer’, concepto semejante, en algunos aspectos, al de ‘mujer moderna’, que tan en boga estaba en la época, aunque no exactamente equivalente; una mujer libre e independiente, absoluta dueña de su vida y de su destino, que nada tiene que ver con ese ‘ángel del hogar’ que la cultura patriarcal y las costumbres arrastradas de siglos han incrustado, transversalmente, más allá de las clases sociales, en el subconsciente colectivo. Y, más concretamente, las dificultades que esa ‘nueva mujer’, volcada irremediablemente al futuro (que sería nuestro presente), debe afrontar a la hora de encontrarse con el amor (ese sentimiento, más allá del instinto, extremadamente idealizado por la autora –y algo pequeño burgués, por qué no decirlo–, que Clara, la protagonista, alter ego de la propia Federica Montseny, tiene en su mente y ha asumido como rector de su propia vida).
Aunque, en realidad, el verdadero quid de la cuestión radicaría –más que en el sentimiento mismo– en las dificultades, casi imposibilidad, de encontrar un compañero con quien compartirlo, es decir, un ‘nuevo hombre’, tan libre e independiente y dueño de su destino, tan volcado, también, al futuro, como Clara; un ‘hombre moderno’, valga la imagen, que acepte compartir, de igual a igual (ni dueño y ni siervo, solo compañero: y, aquí, está la clave), esa misma independencia y esa misma libertad sin restricciones.
Por lo que el conflicto que da vida a la trama de La victoria, el auténtico problema que trata de dilucidarse, es que para la ‘nueva mujer’ –cuyo ideal encarna Clara, la protagonista, como queda dicho– no existe aún, en ese momento histórico, los años veinte y treinta del pasado siglo, un ‘hombre nuevo’ que pueda compartir su vida, su amor entre iguales y la libre determinación de sus destinos.
Ni Roberto Montblanch (obrero, líder propagandista libertario, maestro, primero, y compañero, luego, en el ateneo anarquista de la ciudad, que se entiende que es la Barcelona de la época), a través del cual, Clara, mujer de clase media, conecta con el mundo del trabajo manual; ni el cínico, elegante e inteligente Emilio Lucerna (periodista, vividor y diletante, encaprichado de ella); ni el caballeroso –al modo medieval– Fernando Oswald (exitoso novelista del amor y de la exaltación de la mujer ideal, como musa y diosa adorable); ninguno de ellos son ese ‘hombre nuevo’ con el que la protagonista pueda compartir su vida, sus sentimientos y sus ideas acerca del mundo y de lo que es ella, ya, y que debería ser la mujer liberada del futuro; así como su incansable actividad social, política y propagandística, propia de una líder libertaria.
La radicalidad insobornable, a la hora de afirmar su independencia, así como el absoluto dominio de su voluntad sobre sus naturales instintos e inclinaciones, la renuncia a los sinceros enamoramientos de Roberto Montblanch y de Fernando Oswald, hacia los que ella misma se ha sentido inclinada, que constituye el eje central sobre el que se levanta la trama y que suponen sendas durísimas experiencias personales, pone a prueba, una y otra vez, su voluntad de total independencia y la fuerza de sus convicciones más íntimas, lo que hace aún más heroica la pírrica victoria final sobre esas naturales inclinaciones, frutos del instinto que arraiga en la especie.
La decisión final de Clara, que el lector y las lectoras de esta novela (imprescindible aún, completamente actual, cien años después de su publicación) deben descubrir, con su lectura, nos lleva con rotunda claridad, valga el juego de palabras (como verán esas mismas lectoras y lectores), a la disyuntiva a la que la propia Federica Montseny, como ‘mujer moderna’ y ‘mujer nueva’, se habría visto abocada en cuanto escritora, líder y propagandista libertaria en la España de su época; y, también, seguramente, a su propia lucha interior y a sus propias contradicciones como militante libertaria, ante la ausencia de ‘hombres nuevos’ en su entorno personal, social y político, con quienes poder compartir sus sentimientos más íntimos.
Una vez concluida su lectura, este hombre de este tiempo, que reseña, aquí y ahora, esta novela, a cien años vista de su publicación, lector atento de este extraordinario texto, se hace –me hago– una pregunta inquietante: al cabo de estos cien años, en este tiempo en el que cientos de miles de Claras, de ‘mujeres nuevas’, pueblan la realidad social, política y cultural, en todas las clases sociales.
Y una cosa final, paradójica y sorpresiva, que pretende hurgar, un poco más, en la curiosidad de las lectoras y de los lectores que han llegado hasta aquí: ni Clara, la protagonista de La victoria, ni Federica Montseny, autora de la novela, eran feministas, en realidad, rechazaban frontalmente el feminismo. Si quieren entender por qué, tendrán que leer la novela y el excelente estudio crítico previo, que presenta y explica esta obra crucial, de su editora Carolina Fernández Cordero. Ver menos

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