martes, 2 de junio de 2026

 LA ESPERANZA Y EL OLIVO


 Hace ya muchos años cerca de los cerros de Úbeda, una mañana tórrida de agosto paseando como buen forastero por el mercadillo semanal, que es una de las visitas que mas me gustan cuando viajo a una ciudad.
Cuando  llego a una ciudad, mí primer destino es la oficina de turismo , lo primero que pregunto es al funcionario que me atiende, por el patrimonio cultural, en realidad lo que quiero saber es cuando montan el mercado ambulante en la ciudad, siempre es la última pregunta que hago, confieso que hace unos años tenía vergüenza de preguntarlo  y esa tarea se la dejaba a mí acompañante, ahora con los años, uno ya perdió la vergüenza, y revindico la venta ambulante, las voces de los vendedores que cantan sus productos al cielo, esas voces que forman parte de mi banda sonora de mi vida 
En el mercado como decía Patxi Andión cabe todo como en el rastro, lo que usted quiera lo tenemos, es un gran centro comercial puesto en la calle sin probadores ni aseos y la garantía la de “si no te viene bien me lo traes la semana que viene” yo siempre estoy aquí y aunque no sea cierto tú te lo crees, y además que importa si la semana que viene no sabrás donde estarás, ni tú ni el vendedor. Bueno eso me pasaba a mí porque mí madre en el pueblo conocía a todos los vendedores ambulantes, eran como una gran familia recuerdo que yo sentía vergüenza cuando iba con ella por que me presentaba a todo el mundo ¿este es mi hijo el mayor les decía presumiendo de hijo? a ella le encantaban los mercados ambulantes y le gustaba que fuera yo con ella me decía que así no tenia que preguntar los precios, (ella no sabía leer) yo agarrada a su brazo caminaba entre los pintorescos puestos me encantaban el puesto de las especias, el de los encurtidos con esas aceitunas machacadas con olor a orégano, mí madre era feliz sus ojos brillaban, se le iban todos los males caminaba erguida y se le olvidaba su reuma crónica, dábamos un par de vueltas por aquel sitio mágico.
No se si alguna vez has ido con tu madre al mercado, pero es una experiencia fantástica mi madre desde que emigro a Valencia todo lo compraba en el mercado ambulante, en los años de mi infancia ella compraba en las tiendas del pueblo que le “fiaban “porque ella no tenía dinero siempre, otro día hablaremos de esos años y como resistían tenderos y compradores.
 En los mercados ambulantes conviven como sabéis todo tipo de cosa algunas necesarias y otras inútiles, desde la ropa interior mas provocativa hasta los calzoncillos de los mayores, zapatos para todos, los tacones más provocativos y las abarcar para los labradores.
Mí madre regateaba siempre con el vendedor, era como un sainete teatral el dialogo que se producía peleando cada peseta, cada uno tirando para un lado un instante cómico y a veces casi trágico verlos regatear a comprador y vendedor, yo me enfadaba con mi madre le decía que no se enfadara con los vendedores y ella me decía con mucha gracia “si yo no me enfado, yo regateo Joselito me decía” y luego volvía al puesto de las verduras y ajustaban el precio y ella sacaba de su viejo monedero unas monedas y se las entregaba al hortelano, aun refunfuñando.
Su sitio preferido era el de las macetas le perdían las flores, mi padre decía que no iba al mercado por que siempre venia cargado con una maceta, era una guerra permanente un matrimonio que se ponía en peligro cada vez que iban juntos al mercado ambulante, y sobre todo la pelea era por las flores, mi padre como buen hortelano decía que solo las flores que dan fruto valen la pena, lo de más decía enfadado es tirar el dinero.
La ultima vez que fui al mercado con ella fue en mí tierra en el Sur recuerdo que compro una maceta preciosa de hierbabuena ,le entro por los ojos, y en el regateo entro una “estaquilla” que estaba medio moribunda tirada en el suelo con las hojas “cansadas” te la regalo le dijo el vendedor, ¿menudo regalo me haces le respondió mi madre un olivo medio muerto, salimos del mercado cargados y con el moribundo olivo bajo mi brazo, mi madre me dijo vamos a buscar una fuente, y mojamos las hojas y la poca tierra arcillosa que le quedaba en sus raíces, lo llevamos a casa y en los siguientes días el olivo estuvo en la UVI de mi balcón lo trajimos medio moribundo a Valencia y durante años permanece en mi casa, el pobre olivo no encontraba su salud y paso unos años con su crónico abatimiento, este año le encontré el sitio en casa donde entra un rayo de luz, y sea erguido ha decidido vivir, hoy le he vito por primera vez unas flores que serán aceitunas en otoño, y me acorde de mi madre y de mi padre, tengo flores y fruto en un olivo que sacamos de la UVI, me acorde los amigos que han salido de esta enfermedad, y de lo importante que es tener un ángel sanitario que crea en la vida como mi madre.

 Elena Garro - Bioy Casares


Una relación entre dos seres excepcionales, un amor casi imposible, no se quién puso más en esta relación, posiblemente los dos Adolfo amaba a Elena Garro, adoraba a Helena Paz porque el amor cerró la puerta entre los dos, a menudo me lo pregunto, como hubiera sido la vida de los dos y especialmente de Elena cuanto tuvo que ver Octavio Paz en el fracasó de este amor que no pudo ser, esos ojos de Adolfo mirando con lágrimas las fotos de Elena, el miedo de Bioy a ser rechazado por Elena, es una historia muy linda os dejó esta carta cargada de mucho amor.


Carta de amor de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro
"Mi querida, aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a Víctor Hugo. Sin embargo, te quiero más que a nadie... Desconsolado canto, fuera de tono, Juan Charrasqueado (pensando que no merezco esa letra, que no soy buen gallo, ni siquiera parrandero y jugador) y visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de las seis y con adoración a Helena. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo. Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco. Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia... Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos. Además, recuerda lo bien que nos entendemos cuando estamos juntos... recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado... Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades." 

domingo, 31 de mayo de 2026

 Con Luis García Montero siempre en pie de paz, compromiso y poemas. 


CONVIENE ANIMARSE
*Luis García Montero*
"Conviene animarse, no escondernos en el silencio.
Hay que animarse, creo que el ánimo personal es ahora un compromiso público. Conviene preguntar por la familia, llamar a los amigos, vernos. Las noticias del mundo son demasiado antipáticas. Convivimos con líderes que dan miedo y desmantelan las instituciones y los acuerdos internacionales. Desayunamos con invasores sin escrúpulos, treguas en peligro, guerras que se envenenan. Casi nos sentimos inclinados a celebrar que la extrema derecha no se haga con el Gobierno en Alemania, aunque sus resultados vuelven a poner en pie la sombra de Hitler. Todo está tan mal, desde Washington a Moscú, desde Gaza a Ucrania, que no queda tiempo para pensar en los casi 4.000 millones de hambrientos de un planeta acostumbrado a vivir con las desigualdades y el naufragio climático.
Todo invita a encerrarnos en nuestros miedos, en nuestro cuarto de baño. Por eso conviene animarse, no escondernos en el silencio. Vamos a llamarnos por teléfono, compongamos una cena, igual que se compone un gobierno. Y brindemos. Después de decirnos que todo es muy preocupante, eso resulta inevitable, vamos a contarnos la vida, las ilusiones, los asuntos del trabajo, las alegrías. Porque la alegría es una forma de resistencia. Porque el amor y la amistad justifican la vida y son un argumento decisivo para la esperanza. No se trata de ser irresponsables, sino de no tirar la toalla, para que la barbarie no se nos meta en el corazón. 
Hola, ¿qué haces mañana?, ¿y tu novia?, ¿tu marido? 
Vamos a quedar a cenar, en tu casa, en la mía o en el restaurante de siempre. 
Vamos a celebrar la vida para seguir creyendo en lo que merece la pena, en ti, en mí, en nosotros. 

Antonio Gamonea 95 años de compromiso y poesía.
 

 

Un día el mundo se quedó en silencio;
los árboles, arriba, eran hondos y majestuosos,
y nosotros sentíamos bajo nuestra piel
el movimiento de la tierra.
Tus manos fueron suaves en las mías
y yo sentí la gravedad y la luz
y que vivías en mi corazón.
Todo era verdad bajo los árboles,
todo era verdad. Yo comprendía
todas las cosas como se comprende
un fruto con la boca, una luz con los ojos. ("Existían tus manos" 

 El huerto de Plauto

Hoy como todos los lunes fui al huerto de Plauto el agua ha caído suavemente sobre la tierra,no ha llovido mucho pero los que estamos acostumbrados a las plagas "divinas" a los castigos Bíblicos nos conformamos con poco, he cogido la azada y el rastrillo y he aireado la tierra, la tierra es siempre mi esperanza, cuándo ando un poco decaído, vuelvo a la tierra ella es sabía hoy no es un día para comedias querido Plauto, o quizás si, tal vez como decía el poeta lo único que me puede salvar es la risa." que no me falte tu risa porque me moriría".
Sí la vida es a veces una tragicomedia ahora sentado bajo esta morera contempló la tierra qué siempre me lleva a la infancia hoy recuerdo a mí abuela siempre de luto,desde qué perdió a su hermano fusilado en la tapia del cementerio por el fascismo más vil su hermano tenía a penas 20 años lo fusilaron al terminar la guerra.
 Es inevitable para mí, después de un día de elecciones siempre vuelvo a mí familia,no guardo rencor no lo tuve nunca de niño adoré a un panadero qué sabía leer y qué acabó en la División Azul para salvar un Honor innecesario. Hoy el dolor es solo mio, quizás escribo estas líneas para salvarme para enterrar mis miedos, aquellos con los qué crecí  cuando mí padre me decía Joselito no te metas en política qué mira lo qué le pasó a el hermano de la abuela, ahora me resuenan las palabras de mi padre.
Querido Plauto hoy no quiero ponerme Triste no quiero entrar en el juego del miedo y el desengaño,hoy quiero escribir algo que me recuerde a José Luis Cuerda, Berlanga,o algo de Azcona. (Amenacé que no es poco,  o Plácido)algo que me lleve al territorio de la comedia, al territorio de lo absurdo porqué me parece tan surrealista lo qué sucede en las calles,en conversaciones de las gentes en esta mañana de primavera de resaca electoral.
Estoy cogiendo apuntes para escribir algo que me saqué de este estado tan extraño,aunque no sea para reírse me tengo que reír,la vida me la tengo qué tomar a risa porque si no,mi salud mental no se si va aguantar, ahora escucho un vecino de huerto que dice jocosamente que los tomates que han brotado esta noche son azules,que las fresas también son azules, que hasta las zanahorias son azules.
Pues si querido Plauto intentaré ponerle un poco de sentido del humor y trataré de salvarme, aunque sea por unas horas.
Trataré de salvarme esta mañana de primavera qué amaneció rara azul, salvarme de este Sunami azul que es como el plástico que ponían en las televisiones de blanco negro para darle color, a una vida en blanco y negro o mejor dicho en negro,cómo el luto que llevó mi abuela de por vida.

 Las patatas Rojas del huerto de Plauto 


Hoy terminamos la recogida de patatas en el huerto de Plauto, final de Mayo, para una cosecha pequeña pero muy sabrosa las patatas "Brasileñas" las rojas del huerto de Plauto se comportaron bien como siempre, la siembra de Enero dio fruto, a pesar de luchar contra el topo grillo, el gusano "rayado"a pesar del calor  de  las tempestad del granizo la tierra dio su fruto esperado. 
Como todo en la vida me decía está mañana  el bueno de Plauto, hoy las patatas son la metáfora de la vida, de la política incluso en los últimos tiempos hablo poco de política con Plauto, pero al ver salir de una patata roja un gusano, los dos nos hemos mirado a la cara, el dramaturgo y el aprendiz de hortelano, de toda la cosecha solo se a perdido una patata, pero es muy escandaloso mis compañeros de huerto alarmados me dicen que lastima y yo les respondo solo perdimos una patata, a veces un gusano puede romper todo el trabajo de mucha gente que día a día laboran en la huerta con dignidad de siglos, labradores que dieron su vida por poder comer dignamente, desde el huerto de Plauto agradecemos las cosas pequeñas lo que nos da la tierra y a pesar de que algunas veces nos roban los frutos o entran los gusanos nosotros y nosotras seguimos plantando, creemos en la buena voluntad, detestamos e odio, 
 Las sabrosísimas patatas, que recogemos hoy  están en el horno, las comeremos en familia,su fruto es un ejemplo, cuando terminamos la cosecha no hablamos de las patatas que nos quito algún desaprensivo avaricioso, ni tampoco pensamos en el topo grillo.
Pensamos en lo grande que es la tierra, siempre agradecidos hablamos de lo buena que es la vida, a pesar de los gusanos y los avariciosos.

lunes, 25 de mayo de 2026

 Mujeres creadoras del 27 
Federica Montseny 
La victoria.
El año que viene es el centenario de la generación del 27 se cumplen cien años de esa generación de plata, así la denominó sabiamente el extraordinario profesor José Carlos Mainer, a comenzado una campaña para revindicar esa generación de creadores y creadoras de esa fantástica generación, seguro estoy que el 27 será un año para volver a revindicar a los creadores de esa generación Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Salinas, Aleixandre, Cernida etc.
 Ahora me gustaría revindicar las creadoras de esa generación María Teresa León, Rosa Chacel, Maruja Mallo, María Zambrano, Carmen Conde, etc, en esa generación yo incluyo como creadoras, a  las mujeres libertarias que siempre estuvieron marginadas, mujeres de una valía extraordinaria no solo por su compromiso social y político, sino por su obra creadora, en Valencia tuvimos a la poeta Lucia Sánchez Saornil, entre otras hoy os quiero recomendar la obra de Federica Montseny en especial su novela la Victoria escrita cuando ella apenas tenía veinte años, una novela publicada en 1925, que ahora se a vuelto a editar, de una manera magnífica, releyendo la novela me encuentro con una escritora de gran altura con Montseny con apenas veinte años maneja los tiempos de la novela de una manera extraordinaria los diálogos de los personajes, con una carga teatral extraordinaria la Victoria es una novela que cien años después de su edición sigue plenamente viva, Federica Montseny siempre reivindicó sus lecturas como la gran escuela para para su vocación de escritora, autores como Blasco Ibáñez Víctor Hugo, entre otros muchos fueron una gran herramienta para la formación de esta magnífica creadora del 27 que hoy reivindicamos, os dejó una  extensa crónica, de la novela merece la pena volver a leer a Federica Montseny.
La victoria es, en realidad, la primera de las tres novelas que salieron de su pluma, escrita en un periodo de su vida en el que aún no es la líder social y política, cuya imagen y gesto todos guardamos en nuestra memoria. Obra “de juventud”, afirma la propia autora: novela de tesis decididamente confrontativa y dialogal (como señala Cruz-Cámara), resulta esencial para el conocimiento de la visión que Federica Montseny poseía sobre el tema central que trata esta novela: la construcción y la naturaleza de la ‘nueva mujer’, concepto semejante, en algunos aspectos, al de ‘mujer moderna’, que tan en boga estaba en la época, aunque no exactamente equivalente; una mujer libre e independiente, absoluta dueña de su vida y de su destino, que nada tiene que ver con ese ‘ángel del hogar’ que la cultura patriarcal y las costumbres arrastradas de siglos han incrustado, transversalmente, más allá de las clases sociales, en el subconsciente colectivo. Y, más concretamente, las dificultades que esa ‘nueva mujer’, volcada irremediablemente al futuro (que sería nuestro presente), debe afrontar a la hora de encontrarse con el amor (ese sentimiento, más allá del instinto, extremadamente idealizado por la autora –y algo pequeño burgués, por qué no decirlo–, que Clara, la protagonista, alter ego de la propia Federica Montseny, tiene en su mente y ha asumido como rector de su propia vida).
Aunque, en realidad, el verdadero quid de la cuestión radicaría –más que en el sentimiento mismo– en las dificultades, casi imposibilidad, de encontrar un compañero con quien compartirlo, es decir, un ‘nuevo hombre’, tan libre e independiente y dueño de su destino, tan volcado, también, al futuro, como Clara; un ‘hombre moderno’, valga la imagen, que acepte compartir, de igual a igual (ni dueño y ni siervo, solo compañero: y, aquí, está la clave), esa misma independencia y esa misma libertad sin restricciones.
Por lo que el conflicto que da vida a la trama de La victoria, el auténtico problema que trata de dilucidarse, es que para la ‘nueva mujer’ –cuyo ideal encarna Clara, la protagonista, como queda dicho– no existe aún, en ese momento histórico, los años veinte y treinta del pasado siglo, un ‘hombre nuevo’ que pueda compartir su vida, su amor entre iguales y la libre determinación de sus destinos.
Ni Roberto Montblanch (obrero, líder propagandista libertario, maestro, primero, y compañero, luego, en el ateneo anarquista de la ciudad, que se entiende que es la Barcelona de la época), a través del cual, Clara, mujer de clase media, conecta con el mundo del trabajo manual; ni el cínico, elegante e inteligente Emilio Lucerna (periodista, vividor y diletante, encaprichado de ella); ni el caballeroso –al modo medieval– Fernando Oswald (exitoso novelista del amor y de la exaltación de la mujer ideal, como musa y diosa adorable); ninguno de ellos son ese ‘hombre nuevo’ con el que la protagonista pueda compartir su vida, sus sentimientos y sus ideas acerca del mundo y de lo que es ella, ya, y que debería ser la mujer liberada del futuro; así como su incansable actividad social, política y propagandística, propia de una líder libertaria.
La radicalidad insobornable, a la hora de afirmar su independencia, así como el absoluto dominio de su voluntad sobre sus naturales instintos e inclinaciones, la renuncia a los sinceros enamoramientos de Roberto Montblanch y de Fernando Oswald, hacia los que ella misma se ha sentido inclinada, que constituye el eje central sobre el que se levanta la trama y que suponen sendas durísimas experiencias personales, pone a prueba, una y otra vez, su voluntad de total independencia y la fuerza de sus convicciones más íntimas, lo que hace aún más heroica la pírrica victoria final sobre esas naturales inclinaciones, frutos del instinto que arraiga en la especie.
La decisión final de Clara, que el lector y las lectoras de esta novela (imprescindible aún, completamente actual, cien años después de su publicación) deben descubrir, con su lectura, nos lleva con rotunda claridad, valga el juego de palabras (como verán esas mismas lectoras y lectores), a la disyuntiva a la que la propia Federica Montseny, como ‘mujer moderna’ y ‘mujer nueva’, se habría visto abocada en cuanto escritora, líder y propagandista libertaria en la España de su época; y, también, seguramente, a su propia lucha interior y a sus propias contradicciones como militante libertaria, ante la ausencia de ‘hombres nuevos’ en su entorno personal, social y político, con quienes poder compartir sus sentimientos más íntimos.
Una vez concluida su lectura, este hombre de este tiempo, que reseña, aquí y ahora, esta novela, a cien años vista de su publicación, lector atento de este extraordinario texto, se hace –me hago– una pregunta inquietante: al cabo de estos cien años, en este tiempo en el que cientos de miles de Claras, de ‘mujeres nuevas’, pueblan la realidad social, política y cultural, en todas las clases sociales.
Y una cosa final, paradójica y sorpresiva, que pretende hurgar, un poco más, en la curiosidad de las lectoras y de los lectores que han llegado hasta aquí: ni Clara, la protagonista de La victoria, ni Federica Montseny, autora de la novela, eran feministas, en realidad, rechazaban frontalmente el feminismo. Si quieren entender por qué, tendrán que leer la novela y el excelente estudio crítico previo, que presenta y explica esta obra crucial, de su editora Carolina Fernández Cordero. Ver menos