martes, 3 de febrero de 2026

 Hoy 1 de febrero es el cumpleaños José Luis Sampedro sirva este recuerdo de Sampedro, una de las personas que la vida me regaló en mi territorio, extraordinario escritor fantástica persona, un abrazo a Olga Lucas su compañera que sigue difundiendo la obra del autor, desde la fundación José Luis Sampedro.
En 1936, al estallar la Guerra Civil, José Luis Sampedro fue movilizado por el ejército republicano en la guerra civil española, combatiendo en un batallón anarquista. Pero en 1937, al ser conquistada Santander, se pasó al ejército del bando sublevado.
Con solo 19 años. Sampedro recordaba la mañana siguiente de ser incorporado a un batallón anarquista, cuando fue a lavarse y entonces apareció un viejo anarquista, se acercó y le dijo: “Hombre, tú eres de los chicos que han llegado anoche”. Y respondió: “Sí, señor”. A lo que me contestó: “Aquí no hay señor, aquí no tenemos ni dios ni amo”. Y a continuación le advirtió: “Bueno, tú si te piensas pasar al enemigo, ten cuidado porque si te vemos, te pegamos un tiro”. Sampedro que, efectivamente, había llegado ahí con la intención de pasarme, porque tenía en la cabeza la idea de orden, le contestó: “No, yo cómo me voy a pasar”. Y él: “Anda, anda, tú con esas manos…, tú tienes que ser de los otros”. —“Mire usted, yo no soy de nadie” —replicó— “yo no he hecho nada más que estudiar, no pienso hacer nada, acataré las órdenes y se acabó”. —“Bueno, si eres buen chico, nos llevaremos bien”.
Se quería pasar al otro bando, simplemente, porque su familia quedó dividida entre una zona y otra. Él estaba en Santander, que era una zona republicana del Norte, donde se habían cometido asesinatos, se había matado gente y se habían hecho cosas que a él le parecían mal. Y como, según las noticias que tenía, parecía que el orden, el respeto, la creencia en Dios y en los valores que me habían sido inculcados, estaban del otro lado, pues Sampedro, sin formación política alguna todavía, pensaba que allí estaban los suyos, que allí estaba el bien. Luego descubrió que no era así. Muchos años después, reflexionando sobre esa barbarie que fue la Guerra Civil, escribiría en “Escribir es vivir”:
“Cuando llegaron los que yo suponía míos y empezaron a fusilar a gente, fue cuando me di cuenta de que los que habían ganado no eran los míos. Me parecen horribles todos los asesinatos [...] pero hay diferencias entre unos y otros. Cuando un bracero de un cortijo, mal pagado y con frecuencia humillado, harto de esa vida aperreada en un momento propicio, de revuelta popular, cae en la tentación de cortarle el cuello al amo, culpable de su miseria, sí, es un asesinato. Pero cuando tres señores bien vestidos, bien comidos, terminada la contienda, constituyen un tribunal, con total impunidad y bajo un crucifijo cuyo mensaje es amaos los unos a los otros, envían al paredón a un hombre por haber defendido unas ideas y un régimen establecido democráticamente, ahí el asesinato es mucho más censurable. Es decir, aun no justificando ninguno de ellos, es más comprensible el asesinato cometido por ignorancia, hambre e incultura que el cometido de esa manera fría y despiadada...”

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